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BE WATER, MY FRIEND…

Hablando con una amiga y en base a mi propia experiencia, se me ocurrió escribir el post de esta semana sobre la relación entre las artes marciales y el coaching. Ambas cosas deberían ayudar a mejorar la gestión emocional de las personas, orientándolas a la consecución de sus objetivos.

En occidente tenemos una acusada “manía por el control”. Se nos ha educado para creer que podemos controlar la vida, las cosas, las personas… Creemos que todas las situaciones son susceptibles de ejercer control sobre ellas, y que la única manera de tener éxito es vencer intentando forzar algún tipo de control sobre el otro/a.

Extrapolando, nos hemos auto convencido de que el control se puede ejercer además sobre nuestras emociones y sentimientos… Sin embargo eso es rotundamente falso: nada más lejos de la realidad.

Desde siempre me gustaron las artes marciales. En cierto momento de mi vida me decidí a acercarme a ellas, aunque hoy las he abandonado. Pensé que en una sociedad demasiado veloz, donde todo transcurre a un ritmo mucho mayor que nuestra capacidad de digerirlo, las artes marciales iban a ser para mí como una especie de “meditación en movimiento”, una válvula de escape a la ansiedad y el estrés, y también una forma de tratar de resolver situaciones tensas de la vida diaria y de aprender a poner límites personales.

Pero me equivocaba.

Querer controlarlo todo es una fantasía de la mente humana. Creo firmemente que detrás de esa manía por el control se encuentra el miedo: el miedo a perder o a perdernos, el miedo a no ser capaces de mantener un rumbo que nos lleve a buen puerto en nuestra vida. En la página de La mente es maravillosa, que desde luego os recomiendo a tod@s, leí un artículo sobre el control firmado por Edith Sánchez que me gustó muchísimo. Pero sobre todo, destaco el siguiente pensamiento de Zygmunt Bauman, sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío, que encontré también allí y que me pareció revelador:

“Los intentos de superar esa dualidad, de domesticar lo díscolo y domeñar lo que no tiene freno, de hacer previsible lo incognoscible y de encadenar lo errante, son la sentencia de muerte del amor”

… Y es algo bastante evidente que el amor y la seguridad no siempre casan como nos gustaría .

Tod@s hemos sido educados para buscar la seguridad: es una necesidad básica del ser humano, y poderosamente ligada a nuestro instinto de supervivencia. Sin embargo, la obsesión por controlarlo todo viene determinada por el miedo al fracaso, y está relacionada con una profunda inseguridad en nosotr@s mism@s. En muchos dojos de artes marciales he notado que el enfoque estaba puesto en la necesidad de forzar el cumplimiento de un determinado objetivo, antes que en lograr un resultado satisfactorio para todos los integrantes. En muchos casos, la insistencia sobre un enfoque que dejaba al margen las emociones conducía invariablemente al fracaso.

Imagen de Lars_Nissen_Photoart

El fin de semana estuve viendo a intervalos una película intrascendente, pero que cumple perfectamente cierta función didáctica, sobre todo entre el público infantil y juvenil: “Avatar: the Last Airbender”. Aunque es cierto que su guión muestra un misticismo simplón y no muy inspirado, yo me quedé con una idea que, no lo voy a negar, me gusta mucho: no hay verdadero Poder sin entrar en la emoción. Hay una escena, casi al final, en que el personaje principal del Avatar se atreve a SENTIR, y eso marca un antes y un después en sus capacidades no sólo físicas o técnicas para las artes marciales (que salen continuamente en la película), sino en su PODER interior. No voy a hacer spoiler: si estáis interesad@s podéis verla y comprobarlo por vosotr@s mism@s.

A mi amiga, que acaba de empezar ahora con esto de las artes marciales y que como todo principiante, está emocionadísima, le expliqué una cosa que me parece fundamental: en occidente todo el enfoque está dentro de esta diana centralizada en el poder, con el solo objeto de dominar al contrario, de derrotarlo… Gustavo, mi ex profesor de aikido, insistía siempre en que notáramos que cuando cerramos nuestra mano en forma de puño, algo cambia en nuestro interior.., y no precisamente para bien. ¡Haced la prueba si no lo creéis!

En coaching enseñamos que las expectativas, a veces, son el camino más corto hacia la frustración. Si pensamos demasiado en algo, obsesionándonos, tratando de forzar su cumplimiento, llegamos a bloquear el flujo de nuestra creatividad y de la energía que nos tiene que dejar fluir, como el agua, en esa precisa dirección. Cada un@ de nosotr@s suele ser objeto de desmesuradas exigencias y desproporcionadas expectativas. ¿Pero qué ocurre cuando sacrificamos nuestro verdadero potencial por cumplir imperativamente con determinados parámetros?

Si no fluyes con la vida, con la energía del AMOR hacia ti mism@ (que es lo que te convierte realmente en tu mejor versión, por encima de la necesidad de ser aceptad@), te estancas. Hay quienes cumplen años pero siguen estancados emocionalmente en la edad en la que vivieron un trauma importante, que no superaron y que los mantiene presos, como una mosca en una telaraña. Yo dejé las artes marciales porque llegué a la conclusión de que los patrones de perfección excesivos que se enseñan a veces como verdades absolutas producen un grave menoscabo en la capacidad de las personas para conectar con su parte más vulnerable, sí, pero también más creativa, intuitiva y genuina.

Bruce Lee no es uno de mis artistas marciales favoritos, pero la mayoría conocemos ya su famosa expresión “Be water, my friend”. Sé como el agua emocionalmente hablando, y tal y como enseñamos en la vía del Coaching, permítete a ti mism@ sentir, caer, fallar, abrirte, despojarte de todo miedo y de toda expectativa.

Porque, como tod@ coach personal sabe, detrás de nuestros mayores miedos se esconden precisamente nuestros mayores dones.