LA MUERTE DEL MAESTRO

“Cuando el discípulo está preparado, aparece el maestro” 

“Enseñar es aprender dos veces” Joseph Joubert, ensayista francés 

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Este humilde texto va por ti, Jose López Nieto

Y por Tatiana. Y por tod@s nosotr@s.


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Tatiana nos convocó en grupo por Whatsapp el pasado miércoles mientras yo andaba bastante aburrida y hambrienta en el taller, esperando para dejar mi coche… Cuando escribió “tengo malas noticias”, reconozco que se me encogió el corazón, porque en ciertos ámbitos una ya se espera de la vida cualquier cosa. Aunque me he apartado por voluntad propia de las artes marciales, ellas parecen perseguirme, y de una forma u otra consiguen estar presentes, a pesar de mis esfuerzos por mantenerme alejada.

A lo mejor es porque sigo conservando algunos amigos de aquella época (poc@s, todo hay que decirlo) a los que no voy a renunciar. Aun así, últimamente me viene gente completamente ajena, de entornos absolutamente distintos, conque si se han metido a aprender Kung Fu, o conque si les interesa la relación que puede haber entre las artes marciales y el coaching… Es todo muy curioso, y por eso escribí mi anterior entrada en este blog, “Be water, my friend”. 

Hoy toca escribir otra de temática parecida, pero más triste.  

En los últimos años me han invitado varias veces amigos de larga data (gracias, Ramón y Gema) a practicar con ellos en sus propios dojos… A pesar de que soy consciente de su larga tradición marcial, y de que son gente muy seria y confiable, y de que me caen muy bien y siempre pasamos muy buenos ratos, me he negado rotundamente. No tengo la más mínima intención de volver a las andadas: no quiero saber absolutamente nada ni de dojos, ni de sables, ni de etiquetas, ni de bushidos, ni de instructores, ni de artistas marciales. No quiero verlos ni en pintura, ni de cerca ni de lejos, ni siquiera deseo imaginármelos. Sin embargo, cuando Tatiana me dijo que Jose, aquel a quien ella consideraba y sigue considerando su amigo y maestro de iaido, había fallecido, me temblaron un poco las piernas.  

Y quien me conoce sabe que eso no es lo habitual en mí. 

Entrenando iaido en el dojo. Fátima Martín Alonso.

He visto en los dojos y entornos aledaños demasiadas cosas que nunca quisiera haber visto. Pero a pesar de todo hay algo que aún me conmueve profundamente: la especial relación que existía entre Jose y Tatiana. Recuerdo que al principio no podía entender del todo dicha relación, y que incluso me provocaba recelo. Poseo una naturaleza muy independiente, como los gatos, y lo que yo asimilo (en mi escala de valores, por supuesto) como dependencia siempre me chirría y me cruje. La cuestión está en que, como dice Víctor (otro de mis grandes y viejos amigos de iaido), ostento una fuerte tendencia a tomar mis propias decisiones, y he llegado al convencimiento absoluto de que soy totalmente incompatible con la práctica de ninguna de las artes marciales que en el mundo existen. Por mi carácter no suele dar buen resultado intentar obligarme a hacer algo que no quiero, de la misma manera que no se obliga a un gato. Es cosa conocida entre los amantes de los felinos que a un gato no se le doma, y supongo que también por eso mucha gente los teme y los detesta.

… Pero estaba hablando de Jose y de Tatiana, no de gatos… En este caso, el tiempo me ha demostrado que yo estaba completamente equivocada, y que la relación de dependencia que creía ver entre ellos no era tal. La historia nos enseña que, durante cientos de años, el conocimiento de las habilidades marciales ha sido transmitido en Japón de generación en generación, de padre a hijo, y que ese ejemplo de transmisión pervive hoy en día respectivamente en las figuras del maestro y del discípulo. Eso es exactamente lo que yo debería haber percibido entre Tatiana y Jose, si los prejuicios no me lo hubieran impedido: una relación especial, de enorme confianza, de superlativo respeto, de unión que va más allá de la admiración, la dedicación o el deber. Y es que se supone que tanto el discípulo como el maestro tienen que poseer una serie de cualidades específicas para construir los cimientos de dicha relación privilegiada. Algo que no está, ni muchísimo menos, al alcance de cualquiera: yo, por ponerme de ejemplo, no tengo esas cualidades. Y ahora menos que nunca. 

Además de la vinculación emocional que se establece en estos casos (el sentimiento ante la muerte o privación del maestro es de duelo y de profunda pérdida), existe una vinculación vehicular, puesto que esta forma de transmisión de conocimientos hace que el saber viaje, literalmente, de una época a otra. Por eso mismo estamos hablando de una relación que, al contrario que muchas, trasciende el tiempo y plantea la existencia de algo más auténtico, incluso más complejo que en el caso de los lazos familiares tradicionales. Cuando un maestro permite a uno o más de sus alumnos convertirse en discípulos, deposita una confianza especial en ellos, que a la vez constituye un camino de doble vía. Sin confianza, todo el aparataje cae por su propio peso, y es por eso que la relación maestro-discípulo no funciona como mera construcción teórica: se trata de un auténtico vínculo de vida a vida. Es el objetivo compartido y la lucha conjunta lo que establece un lazo indestructible y les hace inseparables en espíritu. Hay pocas cosas tan inspiradoras como esta suerte de transmisión espiritual en la que uno se dice “maestro” y otro “discípulo”.., pero solamente de una forma formal, digamos que de cara a la galería, porque a nivel íntimo funcionan en muchos casos casi, casi, como una misma persona.

A la muerte de su maestro Jose es posible que mi amiga se sienta de alguna manera huérfana, pero eso jamás lo voy a saber (porque si yo soy extremadamente independiente, Tatiana es muy hermética). Lo cierto es que tampoco se lo voy a preguntar: entre nosotras siempre nos hemos respetado, y yo procuro no traspasar los límites de nadie (por experiencia sé que cuando se traspasan ciertos límites, no hay vuelta atrás). Es posible que realmente el tiempo de los maestros haya pasado, y que ahora nos toque volver a hacernos cargo de nosotr@s mism@s como Dios o el diablo nos dé a entender. Quizá se trate de la necesidad kármica de tomar caminos divergentes y de librar cada batalla personal por nuestra cuenta: no tengo ni idea, y tampoco es algo que me quite el sueño, ya que no lo puedo controlar ni depende de mi voluntad. La vida es esa cosa rara y absurda que nos sucede, y que nos une o nos separa indiscriminadamente, sin pedir nunca permiso. Por más que nos duela, la verdad es que nada ni nadie permanece…

Quizá por eso dicen las estrellas que l@s fugaces somos nosotr@s.