Culpabilidad mórbida: cuando la ‘ética’ se convierte en tóxica

Culpables, en mayor o menor medida, nos hemos sentido todos a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, a veces no somos conscientes de un trastorno que presenta un porcentaje cada vez más alto de la población: la culpabilidad mórbida.

¿Qué entendemos por culpabilidad mórbida? Generalmente, un sentimiento de culpa sano nos ayuda a progresar como individuos, a integrarnos adecuadamente con el entorno, e incluso a responder a nuestras necesidades de supervivencia. Sin embargo, de forma cada vez más común aparece un tipo de sentimiento de culpa que no responde necesariamente a ningún sistema de adaptación al medio ambiente o social; que no corresponde a ninguna causa objetiva que lo justifique; y cuya función no es hacer ver a la persona que ha hecho algo mal. La culpabilidad mórbida, como tal, es un proceso mental cuyo origen parte de una emoción muy dañina, enormemente tóxica para quien la experimenta, y que puede derivar en otros cuadros mentales mucho más graves, como la depresión profunda.

Según la psicología, los orígenes de este trastorno se encuentran en la infancia, cuando empiezan a forjarse en nuestro interior los límites de lo que está bien y lo que está mal. Esta especie de ética o conciencia moral tiene muchísimo que ver con las relaciones que hemos establecido con nuestro entorno más inmediato en los primeros años de nuestra vida, fundamentalmente con nuestros progenitores o con aquellas personas que se hayan ocupado de nuestra crianza.

Así, por ejemplo, si nuestros padres eran extremadamente estrictos con las normas, o extraordinariamente severos, puede que psíquicamente construyamos un modelo erróneo del significado de las normas y de su cumplimiento. Este modelo erróneo lo que hace es que cualquier situación social que nos recuerde a la autoridad, inmediatamente la asociemos con condiciones castigadoras o con implicaciones severas, ante lo cual nos sentimos desarmados y como al descubierto.

De ahí a desarrollar un sentimiento de culpa, aunque sea completamente infundado, hay sólo un paso.

Para Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, el sentimiento de culpa se origina en un juicio previo que proviene originalmente de los progenitores, para después pasar a desarrollarse a partir de una especie de una poderosa instancia psíquica, que hace las veces de implacable juez interno. Ese sentimiento de culpa, en realidad, lo que hace es defendernos psíquicamente de la impotencia ante una realidad dolorosa. En otras palabras: es mucho más fácil asumir la culpa, incluso aunque sea falsa, que tomar responsabilidad sobre los propios actos. Es indudablemente más sencillo dejarnos señalar por el “juez interno” hasta llegar a ponernos de rodillas, que asumir que no tenemos prácticamente ningún control sobre casi nada lo cual, por otro lado, es una de las cosas que más miedo nos da a todos los seres humanos.

Sentir culpa por algo que uno no ha hecho es algo muy recurrente y común, aunque resulte extraño. El problema es que la culpabilidad mórbida es muy tóxica y destructiva, ya que no nos ayuda a adaptarnos al medio y, por el contrario, puede acabar produciendo depresión. Se trata de un sentimiento profundamente asociado a una personalidad perfeccionista, que no admite el error como lo que es: una muy atractiva oportunidad de aprendizaje y crecimiento.

Para tratar de no caer en estos extremos, es necesario dedicar un poco de tiempo a reflexionar sobre si nuestros procesos mentales son correctos; sobre todo, en particular. aquellos que tienen un profundo componente emocional. Distorsionar la realidad puede servirnos en algún caso para “echar balones fuera”, pero eso no nos servirá a largo plazo. Enfrentar nuestras verdaderas emociones y tratar de llegar al fondo de nuestro complejo de culpa erradicará de nuestro sistema emocional y cognitivo una poderosa fuente de estrés y toxicidad: una enorme carga que no tenemos por qué llevar durante más tiempo a nuestras espaldas.